Como una vive fundamentalmente en el mundo de Lara Jones, que es como el país multicolor de la abeja Maya pero sin aguijones ni hormigas (o al menos en eso me esmero) no me di cuenta hasta ayer por la mañana, que para remate era lunes y con nevada, de las fechas tan terroríficas que se avecinaban. Porque peor que la cuesta de enero es el precipicio de Febrero. No solo porque las solteras nos asomamos al abismo, sino porque yo tengo el honor de envejecer de la noche del 14 al 15 más que la mayoría de los mortales. De hecho los estragos de San Valentín hacen que me levante un año más vieja (aunque posiblemente simplemente sea que es mi cumpleaños).
Sea como fuere, de repente todas las señales a mi alrededor empezaron a cobrar sentido: la ropa interior roja que yo siempre he pensado que tiene las mismas posibilidades de quedarte bien que de que te toque la lotería (1 entre no sé cuantos millones siempre y cuando Urdagarin no sea el gestor porque si no olvídate) en todos los escaparates; los bombones por todas partes que resultaron no ser las sobras de Navidad pero como yo andaba con mi dieta anti colesterol me quede super satisfecha con la explicación; un chocolate en forma de flor en el super lamentablemente envuelto por unas manos asiáticas en alguna fabrica al otro lado del mundo de la que no comeríamos nada si la visitásemos y condones en el pasillo central de la farmacia. Y ese fue realmente el momento, porque cuando una está buscando como si no hubiera mañana una caja de aspirinas encontrarse una caja de condones no solo es contraproducente (la prueba andante de que hay a gente que no le duele la cabeza en ese momento o que no le va a doler esa noche) sino que solo inspira una frase que es más real que nunca ‘ahora no que me duele la cabeza’.
El caso es que como no me queda otra que pasar por el trance (San Valentín sin novio + cumpleaños con extra de años) he decidido auto-convencerme de que la mejor opción es no tener una víctima para tales fechas, porque el pobrecito estaría expuesto a:
v Mi plan ideal de cita es ir a un rocódromo. Nunca lo he hecho en parte porque no he encontrado quien me secunde. Después de eso, y ya despelujados y con los arneses clavados en todas esas zonas que el resto de la humanidad cuida con mimo, podemos ir a cenar si el objeto de mi experimento todavía tiene energía y le queda dignidad.
v Calcetines de ski para dormir. Porque igual con el calor que da un hombre, soy capaz de renunciar a un par de capas de las 5 con las que duermo pero İNo sin mis calcetines de ski! Es verdad que no son nada sexys, pero son tan calentitos… Y total, ¿no dormimos con los ojos cerrados? İY con los pies calientes!
v No compartir postre incluyendo no darle ni una cucharadita en plan flirteo de tortolitos acaramelados de mi plato. Y es que cuando se trata de dulces, yo soy una chica Magnum: es mío, solo mío, ¿vale?
| Es o no es cuco este corazon hecho con tenedores? |
v Mi hiperactividad que pasa por hacer preguntas como ‘y como se esta en casa sin hacer nada?’ porque yo practico mas la vida de rabo de lagartija, de un lado para otro sin parar. Y si me da el sol: İdespendole!
v Y sobre todo a mí: con mi tendencia blogger, mi casa en silencio sepulcral que hasta me oigo pensar (y hay que ver todo lo que pienso), mis momentos Speedy González, corriendo como loca de un lado a otro, mis amigas (bla, bla, bla non stop), mi adoración por Lady Gaga, mi hermanísima, el gatito Jones y ese toque gaga que yo misma tengo y si no a las pruebas me remito.
Como no creo que de aquí a una semana encuentre victima creo que me dedicare a hacer un par de tartas para mis compis de oficina, aunque no sé si les gustara algo que no lleve esos colores rosas y azules que les ponen a las magdalenas y que cuando te los comes te caen al fondo del estomago al más puro estilo pies de cemento de las venganzas sicilianas.
Y vosotros, ¿que hacéis por San Valentín? ¿Cena romántica o lista de razones por las que no celebrar?
Lara Jones