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30/1/12

5 canciones para mis juguetes tecnologicos

Desde el día que yo nací, en aquellos oscuros años en los que la gente escribía cartas, llamaba desde cabinas, usaba mapas o İpeor! preguntaba a los viandantes y tenia enciclopedias y no Wikipedia, hemos pasado por lo que los expertos llamarían una transformación del mundo de la información y yo llamaría una transformación emocional a golpe de bit. Porque a todos estos inventos yo les podría dedicar una canción llamada ‘lo que tú me haces sentir’.  Por consejo de la hermanísima Jones, que sabe a lo que se enfrenta, he decidido simplemente hacer otra de mis listas y salvar al mundo del diluvio universal, porque sabe Dios qué  tipo de tretas utilizarían algunos para ser la pareja humana que embarcase en el Arca de Noé o en la nave espacial de Sir Branson, el dueño de Virgin, que es la versión digital actual.
Y repasando los inventos modernos, esto es lo que yo les diría que me hacen sentir y las canciones que les pondría para no tener que cantar yo (me lo agradeceréis, hacedme caso):
1.       Whatsapp: si no tengo mensajes pienso ‘¿nadie me quiere?’ y luego ‘İnadie me quiere!  Y si me los mandan, entonces pienso no solo que hay alguien que no puede vivir sin mí (que se que es auto-engañarme, pero me sirve para desquitarme del ‘Nadie me quiere’)sino que me apoyo en una pared con mi pose más sensual y canto como loca ‘desátame o ven y apriétame más’ al más puro estilo Mónica Naranjo pero con voz de jilguero constipado.
2.       GPS: ese invento que me lleva por este orden, por el atasco mas grande, el camino más largo, la carretera mas modificada y el sitio por donde menos cobertura hay. Y encima cuando me equivoco y se cansa de recalcular, se venga de mí dejándome de hablar. Pimpinela le iría de lujo: İolvida mi nombre y pega la puerta!
Powersupply
Mas y mas retos...

3.       Wikipedia o ese gran invento que todo lo sabe. Aunque los vendedores de enciclopedias no puedan estar más en desacuerdo, no solo ha salvado el mundo del analfabetismo si no a los vendedores de la tortura de ir puerta por puerta vendiendo esas dos toneladas de libros que solo se utilizaban como peso muerto para que el superglue pegase bien. Su canción es de la gran Salome: desde que llegaste ya no vivo llorando, vivo cantando, vivo cantando, İhey!
4.       El email personal: que es ese gran cubo donde me llegan todos los mail no relacionados con trabajo o con el blog. Si me llega un mail, se me ilumina la cara. Y si no me llega, le pongo una vela a santo Groupon para que me envié alguno de esos descuentos que no solo no miro nunca si no que nunca uso. Su canción: Si no existieras yo te inventaría… De Luis Miguel. No tanto por el componente pasional sino porque, ¿que haría yo sin él? Empobrecerme sin descuentos y no recibir nunca las notificaciones de Facebook.
5.       Mi móvil, o ese invento travieso al que le encanta jugar al escondite, suena cuando está en el fondo del bolso pero no encima de la mesa, y deja de sonar cuando lo he perdido y le llamo. Y solo le puedo decir: you make me this, make me that make me move like a freak. Mr. Saxobeat para el.
¿Que le cantarías tu a tus juguetes tecnológicos? ¿Amor, desamor o enfado?
Espero que alguien me diga que les cantaría ‘don’t wanna miss a thing’ de Aerosmith y también que me explique con que artilugio porque yo todavía estoy esperando al amor de mi vida tecnológico.
Lara Jones

17/2/11

Eco! Cuando arrivo a... Roma

He vivido mi viaje a Roma como una super fan quinceañera: baje del avión dando saltitos e imaginándome los 5 fantásticos días que pasaría en la ciudad; entré en éxtasis en un supermercado al ver las manzanas (me pregunto cuántos genes comparten con las inglesas, porque yo creo que solo el nombre y, posiblemente por una mala traducción de alguien que se las daba de nivel ‘alto’ de inglés y se vio incapaz de enmendar su error); realicé el proceso de caza, captura y compra de blazer más rápido jamás visto sobre la faz de la tierra (30 segundo end-to-end y con un 70% de descuento) y, todo esto, en mi primera hora en la ciudad.
Evidentemente, aquello solo podía mejorar y yo a punto estuve de pintarme unas rayas en la cara con el pintalabios. Gracias a Dios en un momento de lucidez de contuve (fundamentalmente porque era rosa fucsia) y eso me permitió visitar todos los lugares emblemáticos  con objetivos claramente personalizados al universo Jones:
v  El vaticano: que aparte de aburrirme soberanamente con su exposición de Egipto (¿soy yo o vayas al museo que vayas siempre hay alguna momia? Y no me refiero a estas señoras de cartón piedra con olor a Chanel A.C.), me culturizó con la capilla Sixtina, me dio paz interior con su misa de 10.30 y me preparó para los nuevos pecados que espero que lleguen a mi vida, porque si no, le voy a poner una queja al Papa.
v  La Fontana de Trevi, que hace caja a base de procedimientos confusos. Porque la primera moneda que tiras es para volver a Roma, la segunda para casarte en Roma (envío de marido, implícito para las que no estén prestando atención) y la tercera es para casarte con un romano (a mí la nacionalidad me da igual, pero con la tercera seguro que aseguro lo de la segunda). Lo que no queda claro es si las tiras juntas o por separado y ademas no especifica cuantas más tienes que tirar para next day delivery.  Así que como mujer precavida vale por dos, tire 9 en total (tres a la vez, tres de una en una y otras tres para asegurar). Todo será que me envíe dos ex maridos y un marido.
v  Las catacumbas: que son muy parecidas al purgatorio. No solo porque si te pierdes en sus 12 km de longitud posiblemente tardes un tiempo muy cercano a una eternidad en encontrarte, sobre todo si tienes un GPS interior parecido al mío (ni campo magnético  ni comunicación con satélites) sino porque si no planificas la visita (como fue mi caso) puedes acabar andando un total de 3 km (1.5 km por coger el autobús equivocado + 1.5 km por perderme) para finalmente descubrir que están cerradas y tienes que volver al día siguiente.
v  El coliseo: ahora ya tengo una idea más clara de cómo mandar a los bandidos que pasan por mi vida a los leones. Y el pulgar para abajo preparado para dar la orden de merienda inmediata.
Como no me iba a gustar una ciudad que esta en un pais en forma de bota!!

Lo que no ponía en las guías, y aunque lo hubiera puesto habría dado igual, porque yo a estas alturas he leído un total de cero y eso que he ido y he vuelto con éxito (fundamentalmente porque los pilotos siempre aterrizan en el lugar correcto, sin necesidad de seguir mis instrucciones) es que un trayecto de 500 metros a plena luz del día a pie puede llevarte 2 horas (velocidad de escaparate, parada en todas las tiendas, optimización del espacio en las bolsas y movimiento en zigzag cambiando de acera cada 3 metros longitudinales) y 10 minutos por la noche; que las pastelerías son antros de perversión llenos de pecados diversos (napolitanas, donuts, brioches…); que te gustarán todas las comidas (reforzando el pecado de la gula, menos mal que tienen el Vaticano al lado); y la mayoría de los italianos (ayss, otro pecado para la lista); que el conocimiento llegara a ti por osmosis con las piedras del fórum (lo bien que sientan las siestas al sol) e que incluso te plantearas mudarte allí porque aunque posiblemente necesites un trasplante de tobillos (¿ quién invento el empedrado?), no te puedes resistir ni al encanto de la ciudad, ni a su sol, ni a sus sabores, ni a su diseño italiano ni, ay, a su acento.
Así que enamorada como una quinceañera, me declaro fan incondicional de Roma, pero sin mechero que seguro que me prendo el esmalte de uñas y pone en el tarro que es altamente inflamable.