9/10/12

Palacios para que os quiero!


Me estoy convirtiendo a la vida palaciega. No es que en un intento desesperado de encontrar al príncipe azul este intentando acercarme al lugar de los hechos porque yo ya tengo palacio y carruaje y ni me gusta perder zapatos, ni tengo sueño, ni me quedan trenzas, ni me gustan las manzanas y desde luego, aunque conozco muchas bestias, pocas podrían convertirse en príncipes  sin que medien cantidades ingentes de magia, los tres milagros demostrables que pide la iglesia católica para beatificar, al menos dos visitas a Fátima y la estampita de San Judas, el patrón de las causas perdidas en el bolsillo. Lo que pasa es que llevo dos semanas seguidas de excursión a palacios que, aunque deberían resultar en una versión mucho más exquisita de Lara Jones, han terminado en una más de andar por casa.

Y es que cuando yo paseo por los palacios, me asaltan un montón de dudas que no hacen sino constatar que estoy divinamente viviendo como una plebeya (Harry, si nos casamos, promete que harás que la prensa oculte este post, no me hagas como a Katie que todo el mundo le ha visto desfilar en bikini).

Empezamos por el tamaño. Porque, hay que admitirlo, si que importa. Cuando te mudas a un palacio, te dan un mapa? Tiene el GPS las direcciones de las estancias internas? Te dan una audio guía para que por lo menos sepas donde estas y si te pierdes sepas que siguiendo las instrucciones en una hora al menos estas en la salida y puedes volver a entrar?

Y luego está el tema de la calefacción. Alguien se imagina viviendo con esos techos gigantes, esas piedras super frías, esas chimeneas desangeladas y sin radiadores? Que haces para calentarte, te compras un oso (no una piel, un oso entero) y que duerma contigo. No me extraña que la realeza haya sido siempre tan promiscua, es que esos fríos invitan al calor humano.

Y también está el momento puertas. Porque cada estancia tiene tres puertas. Soy yo la única que visualiza el trajín de puertas abriéndose y cerrándose continuamente, con un trasiego tipo metro que casi se puede medir en transeúntes por mes? Y si llaman a todas a la vez??

Y, por supuesto, la decoración. Porque entre los dorados, los tapices, las camas rococó que ademas son increíblemente cortas, mas para los pitufos que para Harry y los frescos en el techo, yo personalmente no podría dormir. Y es que aunque yo no sea una gran fan y me duela decirlo, a veces, se echa de menos un toque Ikea, y como tienes un ejército de sirvientes ellos se encargan de ir, traer los muebles y montarlos. Bueno, bonito y barato!

Asi que, después de ver el palacio de Windsor y de Hampton Court, tengo que decir que casi que me quedo en mi pisito. Porque pintar de blanco esos palacios me llevaría dos eternidades, no sé qué empresa se responsabilizaría de retirar 2 toneladas de tapices, posiblemente nunca conseguiría que me pusiesen un sistema de calefacción con control de temperatura, me volverían loca las puertas y para remate me pasaría los tres primeros meses llamando a la policía todos los días para que me rescatasen de la torre en la que me acababa de perder sin GPS ni audio guía. Un incordio.

Lara Jones

2/10/12

Apatrullando la ciudad

Que el mundo es un lugar inseguro es un hecho claramente reflejado en todas las películas americanas llenas de malos armados hasta los dientes. Ahora, que MI MUNDO sea un lugar inseguro es una sorpresa y el colmo de los colmos.
El martes pasado, estaba yo tan ricamente dándome media vuelta en la cama a las 2.30 de la mañana (en realidad asada como un pollo con un pijama de borreguito de Primark que se lo aconsejo a todas las que como yo sientan que por las noches se trasladan al polo por el mismo procedimiento que Dorothy la del Mago de Oz al país del camino de baldosas amarillas) cuando suena el telefonillo. La primera vez pensé que era ruido ambiental, la segunda que era un móvil vibrando, la tercera que era en casa del vecino pero ya como a la cuarta me di cuenta de que no, que igual alguien estaba muy interesado en venir a dormir a la comuna hippy en la que se había convertido mi casa a raíz de la visita de mis padres.
Contesto al telefonillo con toda la dignidad que despertarse despelujada con un gato mordiéndote los pies y esas horas de la mañana te dan para encontrar al otro lado a una chica que dice que se ha dejado las llaves de su casa (no de la mía, de la suya) y me dice que necesita dinero para una taxi al centro de Londres (definitivamente no interesada en volver a su casa). Y empiezan las preguntas:
·        De que piso eres? En realidad de un calle que está a 5 minutos. Y de toda la gente que había en su camino, incluidos sus vecinos, me tenía que despertar a mi?
·        Cuando te has dejado las llaves? A la 1.30 de la mañana. Perdón???????? Pero a donde ibas, criaturita, si no hay trenes, no tienes dinero para taxi y los autobuses están llenos de hombres despiadados a esta hora.
·        Quieres que llame a un cerrajero? No, porque ya lo he llamado y me cobran 120 libras. Ah, por supuesto, mucho mejor sablearme a mí el dinero de un taxi que pagar a un cerrajero.
Y hasta ahí, mi obra de buena samaritana. Porque alguien que sale a la 1.30 de su casa, se deja las llaves pero decide caminar en lugar de llamar a sus vecinos y tiene móvil y en lugar de llamar a sus amigos me levanta a mi sin conocerme solo me inspira una frase: ‘Al ladrón!’. Porque para cuando recapitule este sin sentido me di cuenta de que evidentemente no solo tenía sus llaves sino que quería las mías y que no estaba sola bajo la lluvia sino posiblemente acompañada de un maromo mucho mas grande que todos mis novios por separado y juntos.
Así que mirando por la mirilla muy eficazmente, como si saber que me van a tirar la puerta abajo pudiera evitarlo, me cerré con 7 cerrojos, puse mis posesiones a buen recaudo (es decir, coloque al gatito Jones en la caja fuerte porque poco mas iban a encontrar de valor en mi casa), me hice un bicho bola en la cama y a sonar con sistemas de alarmas, detectores de presencia, subscripciones a la asociación del rifle, clases de auto defensa y gases lacrimógenos.
Soy yo la única damisela en apuros?
Lara Jones

25/9/12

Mi gran boda Serbia

La invitación de la boda en Serbia no me pillo por sorpresa. La pareja mas ideal y que mejor sale en las fotos de todo Londres se casaba por segunda vez (no en plan 25 años sino en plan ‘la ultima vez no lo hicimos por la iglesia’). Así que los invitados de todas partes del mundo hicimos un hatillo y nos encaminamos a Belgrado.
El vuelo estupendo, como volar directa requería la donación de un riñón y algún otro órgano vital, opte por hacer escala en Montenegro. Primera sorpresa: el aeropuerto tiene solo 5 puertas y tienes un guía al que solo le falta el paraguas que te lleva al avión. Muerta me quede, teniendo en cuenta que embarque en Gatwick (100 puertas) y si se te ocurre desviarte del camino la policía te dispara.
Llegue a Belgrado al hotel fantástico donde se celebraba la boda al día siguiente despelujada y corriendo como un avestruz, con la cabeza y los pies por delante y el cuerpo siguiendo a cierta distancia) para ser interceptada en el vestíbulo por el novio: nos íbamos toda la tropa internacional a cenar escoltadas por la novia y su hermana, una modelo profesional y otra que podría serlo igualmente.
La cena, en un lugar idílico en el centro de Belgrado estuvo amenizada por trompetistas!!! Al más puro estilo tuna pero sin leotardos ni cascabeles, es tradicional pagar a los trompetistas para que te toquen al oído (alguno interpreto que se les paga para que dejen de hacerlo, pero no) y el festín de carne empezó. Porque los serbios se alimentan de carne. De mucha carne y casi exclusivamente de carne. No me di cuenta de la dimensión de las palabras de la novia ‘a los serbios nos gusta la carne’ hasta el día siguiente en el banquete…
El día siguiente fue otro aluvión de sorpresas: la abuela de la novia había cocinado para nada menos que 80 personas que estábamos invitadas a la comida pre-boda (es decir, que había que ir emperifollados a temperatura Madrid, o sea, sol de justicia). Así que con una hora de retraso que ha sido la primera vez que he esperado a ningún hombre en mi vida (su excusa es que su piel sensible no tolera afeitados acelerados) nos presentamos en la casa de la abuela. Para cuando llegamos, el resto de los invitados ya estaban más que felices bailando en círculos al más puro estilo griego. La gran sorpresa es que en Serbia no solo es que puedas ver a la novia antes de la boda, sino que la novia entra bailando con los trompetistas (probablemente los mismos de la noche anterior) tocando. Después de la comida, a nada menos que 40 grados y después de que nos dieron botellas de agua para que sobreviviésemos la misa a las 3 de la tarde (la siesta española cobro más sentido que nunca), nos fuimos a la ceremonia religiosa. Sorpresa numero 2: no había bancos en la iglesia.
Pese al calor de justicia, los tacones de aguja, la botella de agua en el bolso y el pelo que se empezaba a rizar presa del derretimiento generalizado, al terminar la ceremonia nos fuimos al banquete y nos sentamos como gente civilizada que somos para ser levantados e invitados a bailar. Y es que entre plato y plato, se baila. Y se baila fundamentalmente en corro con unos pasos perfectamente ensayados que los no serbios aprendimos sobre la marcha. El sorbete digestivo de limón, totalmente innecesario, para el final de la cena ya has quemado todo.
De la comida, tengo que decir que muy impresionada con los quesos y la carne. El apartado carne tanto en calidad como en cantidad porque comimos nada menos que 4 platos de carne, a saber, un plato gigante de entremeses para cada uno, una sopa de venado, un solomillo con ñoquis y un plato de carne típica Serbia. Para el final de la comida, un trozo de tarta para contrarrestar la sobredosis de proteinas era absolutamente necesario.
Y por supuesto volvieron a aparecer los trompetistas, bailamos hasta el final en círculos y no círculos y yo finalmente me retire a mis aposentos (mi habitación tenía un armario de los que se entra andando al más puro estilo americano) porque mi vuelo era a las 8 de la mañana.
En resumen: aconsejo sobradamente ir a bodas fuera de España, tanto si eres invitado o si tienes que pagar por la invitación (tómatelo como la entrada por la que pagas para ir a un concierto).
Y por supuesto, dar las gracias a la pareja de recién casados por la invitación. Los dos estaban ideales y los invitados lo pasamos súper bien.
Lara Jones