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22/10/12

Bienvenido invierno, te he echado de menos

Debo de ser una de las pocas personas que prefiere el invierno al verano. Por alguna razón, no me pega el chocolate caliente en un chiringuito y me seduce la idea de estar en casa hecha un ovillo debajo de una manta, viendo llover por la ventana (porque es lo que tiene Londres, días bucólicos a tutiplén convertidos en pesadillas andantes en cuanto pones un pie en la calle).
El caso es que a mí me sigue gustando el invierno porque:
·        Tengo un montón de charcos que pisar y muchos montones de hojas en los que meterme de cabeza. Mi jardinero, evidentemente, está haciendo lo más que puede para inhabilitarme. Primero porque lo que él hace en tres horas yo lo destruyo en cero coma y, segundo, porque realmente tiene una seria preocupación en cuanto a mi salud mental y, por ende, la seguridad del vecindario con semejante loca suelta.
·        Me encanta tener excusas diarias para hacer uso de las toneladas de chocolate que me trajeron mis padres en su último viaje. Afortunadamente, hemos pasado la fase de Alfredo Landa con los chorizos y ahora ya nos dedicamos mas al chocolate con churros, que es mucho menos humillante si el escáner del aeropuerto se queja y tienes que sacar el contenido. Todavía no se me ha pasado la vergüenza del día que tuve que sacar la morcilla de la maleta. Entre la forma y la textura…
·        Me gusta no sentirme como una gallina en una granja con luz 24 horas. Porque curiosamente, cuando hace sol, tengo la sensación de que tengo que hacer muchas cosas y acabo como los servidores de Internet: activa 24x7 y con backup (la cafeína, que te resucita en 3 minutos si te la administran correctamente). Y claro, es muy muy cansado. Lo siento por las gallinas ponedoras porque, si tienen una personalidad parecida a la mía, deben de estar exhaustas.
·        Me encantan los calcetines, que puede sonar como una confesión fetichista, pero no. Es que de verdad me encanta no verme los pies (porque son horrorosos) y que estén calentitos. Y claro, en verano esos dos supuestos no solo no se dan sino que me veo forzada a vérmelos y a compartir su fealdad con el resto del mundo! Y de verdad, que mis dedos no solo son de martillo sino muy muy tímidos y no muy agraciados. Y aunque dicen que las madres quieren a todos sus hijos por igual y no ven la fealdad en ellos, yo personalmente creo que no pertenezco a esa categoría humana.
·        Adoro los guantes, y en vista que mis amigas no se casan ni a tiros, y por lo tanto no tengo oportunidad de plantarme el pamelon con los guantes a juego con el que llevo fantaseando por lo menos los últimos 5 años, me conformo con guantes de invierno: de colores, de piel, de lana, con pelillos de conejo, sin pelillos… Ninguno de boda pero mientras espero el ansiado día, me calman la gula.
Seré yo la única con estos gustos?
Lara Jones