De mis viajes, como siempre, extraigo nuevos conocimientos. Y si los viajeros de verdad conocen el mundo callejeando y los turistas a través de la guía pagada de la ciudad, yo no necesito ni salir del aeropuerto para volver pasmada.
Mi fin de semana en España tenía como objetivo asegurarme de que Mama Jones y sus achaques estaban en orden y enviarle un Kindle (el Kindle llego por Amazon pero como en mi casa funcionamos como los grandes distribuidores, los últimos 5 metros es donde más perdidas de producto hay, o lo que es lo mismo, era muy probable que la hermanísima Jones se olvidase de dárselo y el aparatito criase polvo para siempre en su habitación). El objetivo del aeropuerto de Barajas, por el contrario, era enseñarme una vez más las diferencias culturales.
Y es que salí de Londres, como siempre haciendo el paseíllo de la vergüenza con mis potingues y ungüentos en una bolsa de plástico. Si no se entera todo el mundo de tus secretos de belleza en el control de equipajes no te dejan volar. Menos mal que la industria farmacéutica nos provee con todo porque no se yo cómo reaccionarían a pócimas con sangre de murciélago o leche de vaca recién parida. O como hacen en Sudamérica, placentas…. Y sali también descalza y sin pantuflos de plástico porque ,igual que las servilletas escasean, los pantuflos son innecesarios: los bebes gatean por el suelo del aeropuerto para horror de las madres mediterráneas y las inglesas, que andan por la calle descalzas cuando vuelven de fiesta, consideran hacerlo por el aeropuerto todo un lujo asiático en un entorno con un nivel de ácaros e infecciones claramente reducido.
Y volví a Londres justo al contrario, no solo en dirección si no en medidas de seguridad. En España gracias a Dios nos hemos cansado del jueguecito de la bolsa de los potingues. Los policías del control de equipajes no tienen ni una miajita de curiosidad y yo casi que lo agradezco, porque he llegado a pasar con 20 mini frascos de los de Sephora pareciendo una diosa de la belleza solo que sin extensiones, uñas postizas ni cualquier otro indicativo de semejante nivel de conocimiento.
Me dieron pantuflos para que no pisase el suelo (por Dios que alivio porque no creo que me vaya a acostumbrar de la primera a la marranada mix de andar por el mundo descalza sin escuchar a mi madre de fondo y su mensaje por megafonía ‘que vas a coger la triquinosis’). Pero lo mejor fue que a la señora de detrás de mi le pidieron que se quitase las cuñas!! Y es que no se puede pasar ni con cuñas ni con plataformas. ¿Esperaran que llevemos un alijo de pintalabios en un falso tacón? ¿O irán buscando un rizador de pestañas, que todavía no tengo claro si entra dentro de la lista de utensilios peligrosos con los que no puedes viajar? Mira que si llevas un montón de polvos traslucidos para quitarte los brillos y, lo que es peor, te da por repartirlos con el resto de las mujeres del avión? Y lo mejor, el sabio consejo del policía: ‘si es que venís muy monas pero es mejor que vengáis en danzarinas’. Criaturita, como se nota que tu no saliste en pleno diluvio universal de Londres. Porque la primera imagen que me vino a la cabeza fue la tormenta de mi vida y yo achicándome agua de entre los dedos de los pies.
Y para remate del tomate, cuando escanean mi bolso me dice el policía que por favor le saque la comida que llevo. Y me pregunta que si es queso. Pues sí, manchego que me dio mi madre. Me sentí tal cual Alfredo Landa, solo que con pelo en la coronilla.
Lara Jones