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30/4/12

5 consecuencias inmediatas de los catarros


Estoy seriamente tentada a empezar a escribir una tesis doctoral sobre la correlación entre los catarros primaverales y comportamiento manifiesto del síndrome de Diógenes. A estas alturas lo único que me detiene es que el tiempo total que he necesitado para muestrear los hechos han sido 5 días de infierno vírico en forma de ‘toso, estornudo y tengo fiebre y no hay nadie que me cuide’ (plagiando a Modestia Aparte) y según nuestro tozudo sistema educativo, necesitaría unos 5 años para escribir esa gran pieza de estudio científico que demuestra que:
v  A pesar de los avances en todos los campos, un adulto medio utiliza y almacena aproximadamente dos toneladas de kleenex por día. Para desmayo de los ecologistas, soluciones no hay muchas: salvo que Apple consiga enviarnos las congestiones nasales vía iTunes o Amazon lo haga en forma de Kindle, seguiremos ‘imprimiendo’ al mismo ritmo. ¿Lo peor? Que en mitad del delirio vírico, la mayoría de los kleenex son almacenados en todo tipo de superficies con preferencia sobre las no elevadas, o en cristiano, el suelo.
v  Las presiones atmosféricas internas no producen resultados intelectuales satisfactorios. O lo que es lo mismo, cuando la nariz se vuelve loca y la sobreproducción presiona el cerebro, nuestras decisiones son más pobres que nunca, lo que explicaría porque el sábado, con fiebre y sin poder respirar decidí, cambiar las manillas de las puertas del baño para acabar auto-encerrándome sin tener manilla para abrir y terminar por destruir la puerta para liberarme porque sorpresa, sorpresa, yo todavía uso destornilladores y no BB para la tarea y, no solo no tenia con que llamar a mis amigos sino que ninguno esperaba verme en dos días porque se supone que estaba sudando mi catarro en lugar de planificando mi último adiós al más puro estilo Bridget Jones o lo que es lo mismo, devorada por pastores alemanes.
v  La calidad nutricional desciende estrepitosamente a niveles basura. Y es que probablemente, si atacase los contenedores de los supermercados por la noche, comería mejor que la mezcla de sopas de sobre, palomitas y pechugas de pollo rebozadas congeladas de las que me he alimentado en los últimos días. Con tamaño déficit de vitaminas no me extraña que  no me llegue la cordura para quedarme en la cama reposando y que no se me ocurra tirar los kleenex a la basura, como tendré que hacer cuando recupere mi capacidad intelectual.
v  El agua del grifo deja de ser una opción. Y si el gatito Jones vive obsesionado con el agua del váter, Lara Jones solo bebe Gatorate y agua de sabores durante estados febriles. ¿Lógica? Ninguna. Teniendo en cuenta que ya no huelo el ambientador de Ambipur que tengo en casa a toda mecha, dudo mucho que lo que yo creo que es sabor a fresa y kiwi sea algo remotamente parecido.
v  Me apasionan las pastillas verdes, rojas y amarillas. De hecho, si mi pasión habitual por la pastis me lleva a tomar 3 tipos de vitaminas al día (general, para la piel y aceite de hígado de bacalao en plan abuela), mis catarros me llevan a ilusionarme con un montón de coloridas pastillas a base de paracetamol y otros ungüentos que prometen descongestionarme, quitarme el dolor de cabeza y darme sueno. Curiosamente, en 5 días solo he visto la parte del sueño. İNo puedo esperar a que cumplan con sus otros dos compromisos!
Y desde una casa con la que los cámaras de TeleMadrid soñarían para incluir en uno de sus reportajes sobre casos reales de enfermos del Síndrome de Diógenes, me despido esperando no ser la única en mitad de este delirio.

Lara Jones