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10/2/11

Liandome como la pata de un romano

No todo el mundo cumple años todos y cada uno de los años el día después de San Valentín (lo de no tener una cita vale, pero lo de envejecer de golpe al día siguiente…). Yo no sólo los cumplo puntualmente sino que ademas este año cumplo “veintitodos” o, como diría mi sobrino si lo tuviese, “veintidiez”. Y como allá por agosto vi gestarse la tragedia de una cita a tres bandas, o lo que es lo mismo una ‘girls night out’ porque el único pajarito que teníamos revoloteando a nuestro alrededor era el icono de Twitter, empecé una cuidadosa maniobra de desgaste con varios objetivos:
1.       Evitar el dispendio de mandarme flores a mi misma a la oficina. Además me ahorro ensayar la cara de sorpresa, que últimamente cada vez me cuesta más.
2.       No tener que fingir interés por los planes románticos del resto del mundo. Junto con la cara de sorpresa, la cara de interés es una de las que peor me salen.
3.       Minimizar la visualización de corazones rojos all over. Y si puede ser ahorrarme el trauma de imaginarme a todos los desastres estéticos femeninos que veo cada día con uno de esos conjuntos rojos de lencería de tercera regional que están en todos los escaparates. Nota mental: tengo que revisar la encuesta Durex porque me parece sospechoso que todo gire en torno a chocolate y lencería en este país.
4.       Hacer un plan interesante que me ahorre las otras tres: las flores porque no estaré en la oficina, la cara de interés porque sere yo la que hable (que finjan el resto) y ver corazones rojos porque estare ocupada estresandome en un spa (a mí la paz y la tranquilidad me ponen de los nervios) / perdiéndome en una ciudad (la mía o la de otros, mi sentido de la orientación no hace distinciones) / comprando ropita (¿cuando llega la primavera a El Corte Ingles?) / tomando té con scones  en un hotelazo (todavía estoy ronroneando con las fotos del Ritz y su té de las 5).
Como Zamora no se ganó en una hora, allá por Octubre llego la rendición: Nos vamos a Roma. Y es que es una ciudad llena de ventajas: tiene el Vaticano para ponerle velas a los santos (que falta nos hace), la Fontana de Trevi (plan b por si los santos no funcionan), catacumbas (simulación del purgatorio, para que yo me vaya haciendo a la idea o, si paso mucho frio, vaya trabajando en la eliminación de los malos pensamientos),  obras de arte (los italianos en sí mismos y lo que pintan y esculpen también), comida-comida (concepto desconocido en UK) y además la posibilidad de volver más liadas de que la pata de un romano.
Version moderna de gladiador romano
Así que llevo un par de días jugando al tetris mentalmente para ver como meto en el equipaje de mano mis básicos de belleza (que ocupan por si mismos una maleta grande), algo de ropa (he reducido mi lista habitual a solo tres modelitos por día), 100 monedas para la Fontana de Trevi (es que robar el cepillo de una Iglesia tan cerca del Papa no puede ser un gran éxito) y… ¿un GPS?  Porque después de perder mi fantasía de los bomberos a manos de un cincuenton irreverente (ver post ‘Mis cuerpos ex favoritos’) no estoy  dispuesta a perder la de ‘mas liadas que la pata de un romano’ a manos de mi sentido de la orientación.
¿Vendrán marcados en el mapa lugares para encontrar gladiadores modernos?