Me encanta hacer listas estrambóticas. Las tengo de todo tipo, siempre y cuando no estén diseñadas para nada especialmente útil: no me veras con una lista de la compra, pero, por supuesto, que tengo una lista de objetos que mantienen mi vida organizada (aceitera y vinagrera a la cabeza) o de cosas que no debería comer (en cuanto me cure de mis adicciones al café y el azúcar, la ejecutare). Y como es un tema, que me interesa, también investigo las listas de las demás.
Una de las que más me apasiona es la lista de cosas por hacer antes de morir. Y me gusta especialmente porque, salvo los funcionarios de prisiones del corredor de la muerte, el resto del mundo se centra en cosas que tienes que haber hecho en 3 y 12 meses antes (viajar por el mundo, tener un hijo...). Algo así como si llamasen al servicio de defunciones, les diese cita el acontecimiento más importante y último de su vida y se pudiesen dedicar a viajar y procrear a partes iguales hasta el día y la hora X.
Como yo soy infinitamente más operativa, necesito una lista más y creo que probablemente mi muerte, como mi regla, omitirá el mensaje de advertencia y me pillara por sorpresa en el peor momento y con los pantalones más blancos, he decidido aumentar mi familia de listas estrambóticas con la lista de cosas por hacer (24 horas de preaviso). Y mi lista es:
1. Hacerme un tratamiento de belleza completo de pies a cabeza, que incluya tratamiento facial, corporal, manicura, maquillaje, peluquería y pedicura, porque aunque mi madre dice que las uñas de los pies no te las va a ver nadie, yo desconfió de los asistentes a mi entierro y donde les pueda llevar la curiosidad.
2. Emular a Julia Roberts en Pretty Woman, sección de compras por Beverly Hills, apartado vuelvo_a_casa_llena_de_bolsas. Porque no hay nada como que te hagan la pelota (me encanto Richard Gere en esa frase en particular) ni como quemar la tarjeta cuando sabes que no tendras que apagar el incendio.
3. Comer un cocido en casa de mis padres y luego dormir la siesta. No porque la siesta me parezca especialmente operativa, sino porque después de un cocido montañés, lo único que quiero es tumbarme encima de la mesa como una boa. Como me parece poco glamouroso y acogedor, prefiero planificarlo con antelación e irme a la cama con mis calcetines de esquiar.
4. Tomar café con mis amigas (una vez recuperada del trance de los calcetines) y que me cuenten todos los detalles de su vida. Sus secretos irán conmigo a la tumba y lo feliz que me hace tener toda esa información ira en forma de colágeno de última hora a rellenar mis patas de gallo. Un complemento perfecto a la sesión de belleza de la mañana.
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| Uno de los ultimos deseos de Lara Jones |
5. Darme al chocolate en todas sus formas. No al de droga ilegal, que ya se me ha pasado el arroz para engancharme a sustancias que deshidratan la piel y general ojeras a partes iguales, sino al de cacao de África, que no es lo mismo que el negro del cola cao. Y es que, después de años de autocontrol en el 90% de las ocasiones con poco éxito, fantaseo con el día en que me pueda comer todos los muffins que quiera, todos los brownies con helado de vainilla y todas las muertes por chocolate en todas sus variedades, porque, curiosamente, cada restaurante tiene su propia interpretación y yo todavía estoy por encontrar una que no me guste.
Y después de esto, a descansar en paz. ¿Algo que añadir a la lista?
Lara Jones
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